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Algunos recordarán la gran revelación ideológica de los años ochenta: el centrismo de Jorge Carpio Nicolle, opción política fresca que se situaba entre los polos rígidos de insurgencia y represión. Hoy, la noción de moderación vuelve al ojo del discurso político nacional, pero con marcadas diferencias de fondo en un tiempo marcadamente diferente.

Por Bobby Recinos-Abularach

En 1983, el guion del partido de la Unión del Centro Nacional era algo así:

Vamos por el centro amplio,
con buena voluntad, realismo y moderación,
todas las tendencias no radicales del país,
en contra de la polarización y la violencia.

La invitación era novedosa y atractiva, pues, a pesar de haber surgido en el marco de una guerra civil con cargas ideológicas extremas, no acudía al sectarismo para plantear soluciones a los problemas sociales. Una ciudadanía cansada de tanta confrontación, sangre e intransigencia encontró en aquella propuesta un respiro.

Hoy, el cuadro político es muy distinto. La polarización encuentra su raíz en los mismos problemas socioeconómicos que ocasionaron el despunte del conflicto armado en primer lugar, es cierto, pero las condiciones concretas de interacción social son otras: ahora ya no te matan por solo expresar tus opiniones, ahora podemos interpelarnos. Consecuentemente —y aunado a las posibilidades que ofrecen las redes sociales— resulta valioso que adoptemos una postura ética y exploremos la teoría crítica con rotunda asertividad, valentía e imaginación.

Ahora, para reformular aquí la esencia del pensamiento moderado adaptado a nuestros tiempos, permítanme acudir a las elocuentes palabras de un miembro de La Cantina, la máxima exponente del pensamiento moderado 2.0:

“Esas constelaciones
de alianzas de izquierda
me las paso por el cu….,
la lucha por la transparencia
y contra la corrupción
no tiene ideología

Lo cierto es, sin embargo, que los fenómenos sociales complejos —como la pobreza, la corrupción o la violencia— exigen ser encarados con mayor lucidez conceptual. Los eslóganes de panfleto pueden hechizar a un electorado distraído que demanda soluciones rápidas, pero terminan ocultando tras de sí la intención de no importunar demasiado el estado de las cosas existentes.

Así fue como Nayib Bukele ganó la Presidencia en El Salvador: haciendo campaña en contra de las ideas y rechazando el debate abierto.

Y eso es lo más preocupante. Que en los últimos 30 años el sentido de la moderación se ha intensificado. Mientras que Jorge Carpio hacía un llamado explícito, hace más de treinta años, a que «las derechas progresistas e izquierdas democráticas» se fundieran en una plataforma ecléctica basada en «la tolerancia, el equilibrio y la equivalencia de ideas»; la versión actual de moderación niega directamente la importancia de las ideologías, estimulando con alguna dosis de malicia la abdicación de nuestras convicciones en nombre de un neutral sentido común amorfo y disociado. Su única guía: la corrupción y la impunidad percibidas subjetivamente, según los signos de la coyuntura.

Es decir, la-corrupción-como-causa-efecto-opio-y-panacea. La corrupción como narrativa culminante. La corrupción como universo. La corrupción como problema exclusivo y absoluto.

Esta indeterminación descriptiva y su correlativa vacuidad de criterios forman parte de una campaña de desideologización social (y por ende, de despolitización) que solo sirve al reacomodo de los paradigmas actuales y sus mecanismos inherentes de exclusión. Ya decir que tal improvisación supone el advenimiento de la nueva política es el colmo y el más deshonesto de los disparates.

La continua y progresiva moderación de nuestras posiciones políticas supone, en este contexto, la perpetuación de la dialéctica neoliberal, maquillada apenas por ciertos pactos para un Estado de bienestar aparente y minimalista. Es más, a partir de la aceptación tácita del capitalismo tardío como lo normal —necesario e inevitable— que acarrean los posicionamientos moderados, los ciudadanos consentimos nuestra propia depravación, banalizamos todo tipo de abusos de unos sobre otros y le damos el visto bueno al peor de los enemigos de una sociedad fallida: una nueva sucesión de gato a gatopardo, muchos cambios de forma para que nada cambie en el fondo.

He escrito en otros sitios y en otros tiempos que la gran meta de una sociedad cívica pensante es trascender sus separaciones dogmáticas, pero para ello es necesario primero entender las ideologías en su sentido histórico-actual y litigarlas sinceramente. No podemos adelantarnos a nuestros fantasmas a puro pragmatismo e intuición. Se requiere más.

Nayib Bukele ganó la Presidencia en El Salvador: haciendo campaña en contra de las ideas y rechazando el debate abierto, mientras que Jorge Carpio hacía un llamado explícito, hace más de treinta años, a que «las derechas progresistas e izquierdas democráticas» se fundieran en una plataforma ecléctica basada en «la tolerancia, el equilibrio y la equivalencia de ideas»; la versión actual de moderación niega directamente la importancia de las ideologías

Bobby Recinos-Abularach es Abogado graduado de la Universidad Francisco Marroquin (UFM). Politólogo por elección