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“Un anteproyecto perverso”

No se debe discutir ¡Ni menos presentar un proyecto de ley! sobre una base conceptual endeble y ambigua en torno a lo que es o no es el acoso. El acoso, desde el punto de vista sociológico, cultural y aún antropológico, para principiar, es muy discutible por lo que, para abordarlo con propiedad para su discusión, no ya digamos para presentarlo como iniciativa de ley que cree una figura delictiva en torno a él con la penalización respectiva

Por  Luis Fernando De Paz González

Guatemala es una sociedad asistémica, llena de falencias y taras recurrentes, atávicas y dentro de esa realidad histórico-política-social y cultural se presentó un proyecto de ley para penalizar “el acoso”.  La ponente fue la muy pronto ¡Afortunadamente! ex Diputada de triste recordación, Nineth Varenca Montenegro Cotóm, y este fue su último acto legislativo.

El acoso, desde el punto de vista sociológico, cultural y aún antropológico, para principiar, es muy discutible por lo que, para abordarlo con propiedad para su discusión, no ya digamos para presentarlo como iniciativa de ley que cree una figura delictiva en torno a él con la penalización respectiva, requiere de muchos condicionantes, entre ellas, socializar su discusión junto con expertos, para de esa manera sopesar la viabilidad de abordarlo como delito, no antes.

Por eso mismo primero se debe clarificar más allá de toda duda razonable ¿Qué es el acoso? diferenciándolo de la “galantería” del “enamoramiento” del «filtreo» de la “picardía” de la “chispa” hacia la belleza femenina conductas propias del género masculino y en este caso de la idiosincrasia del guatemalteco, representado en sus distintos estamentos de hombre rústico de campo, de obrero y no ya digamos de los más “culturizados” separándolo de lo vulgar, de lo patán o de la perversión (aunque ésta ya se encuentra entre lo patológico de la insanía mental) y por supuesto de la agresión física o la intimidación y agresión psicológica.

Definiendo lo anterior de forma clara, o al menos conceptualizándolo, podremos llegar a comprender que es y que no es el Acoso (y vean que me refiero a éste como un término genérico, asexual, no limitado a lo femenino) y así evitar la tan nociva, deformadora y alienante costumbre posmoderna de inventar conceptos y figuras caprichosas y absurdas, según las modas, muy dadas a confundir verdaderos derechos con simples caprichos salidos de la elucubración humana más calenturienta y retorcida.

Avanzando diremos entonces que, el hecho que una mujer se sienta ofendida por un piropo masculino (ojo con el concepto utilizado) y que pretende ser un reconocimiento a sus atributos físicos o belleza femenina (según los diversos estándares culturales de nuestro país) no significa que esto sea acoso y de tomarse así, es precisamente la conducta o pensamiento posmoderno que yo crítico, lo cual no se trata de machismo, ni de visiones olvidadas, invisibilizadas o de canon alguno, solo es un pensamiento insisto, posmoderno, que crea e inventa prejuicios.

Lo que venimos discutiendo es producto de la malhadada “ideología de género” que ha deformado y trastocado conceptos y valores, que ha deformado la visión de un sano feminismo reivindicatorio a un perverso y malsano hembrismo y que ha pasado consecuentemente de lo misógino a lo misándrico.

¡Posmodernismo, pensamiento de moda, muy aquo para esta generación millenias, muy muy cool, pero tan vacío y carente de contenido valorativo!

No se debe discutir

¡Ni menos presentar un proyecto de ley! sobre una base conceptual endeble y ambigua en torno a lo que es o no es el acoso, pues debemos tener claro algo muy importante, que en torno al mismo, dependerá de las circunstancias y de las personas, además de un punto muy importante, el acoso no lleva sutileza ni nada por el estilo, el acoso y el acosador son directos, no son como el hembrismo y la posmodernidad nos lo quiere presentar y vender, el acoso no es esa “sensación” de “incomodidad” que alguien causa a otro, siendo este precisamente el gran error del feminismo a ultranza y más aún del hembrismo, presentarlo como algo “unidireccional” o privativo de la mujer, por ejemplo:  Si la Secretaria de la Empresa se siente “incómoda” porque su Jefe lleva al lugar del trabajo que comparte una corbata con figuras alusivas al Camasutra, entonces se piensa acosada ya que le parece indecente dicha corbata con la que asume que su Jefe le está “insinuando” que se acuesten ¿?

También debemos aclarar que, si deja a la mujer el monopolio de decidir que es galantería o seducción y todo aquello que “no le agrade” según sus pasiones o emociones, permanentes, pasajeras o circunstanciales, sería un injusto, porque así cualquier hombre podría ser denunciado, procesado y aún condenado por emitir un simple silbido o algún acto propio de coquetería masculina ¡Imagínense! ahí sí como diría aquel su Presidente que les conté ¡Que Bonito! ¡Queee Bonito…!

¿Prejuicioso verdad?

Algunos(as) afirman que el acoso es una manifestación del “machismo” lo cual es falso y quien así lo sostenga solo demuestra su radicalismo y paradójicamente, su discriminación, ya que el acoso es, como lo dijimos desde el principio, “asexual” o sea, que en cuanto al emisor y al receptor (victimario y víctma) puede ser tanto masculino como femenino, por ello es un craso y grosero error aparejar acoso con machismo pues esto nos llevaría a un reduccionismo criminal e injusto.

Así, para legislar sobre el acoso como tal, se debe trascender de los prejuicios, de lo ignaro y tratarlo con una base sociológica, cultural y jurídica seria, más allá de criterios personales y acientíficos.

En realidad el acoso como tal es más complejo, no solo se trata que una mujer se sienta “incómoda” con las miradas, las palabras, gestos o aún los actos del hombre, porque, entre un hombre galante o aún, un seductor y un patán, no ya digamos con un degenerado, lascivo, concupiscente y obsceno, hay un universo de diferencia.

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