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Salud mental y pandemia

La pandemia trajo una serie enorme de transformaciones en nuestra cotidianeidad. Ante todo, en las condiciones materiales: infinidad de población está sufriendo terribles penurias, sin ingresos o con ingresos recortados.

Por Marcelo Colussi

El hambre arrecia por todo el país, y si no se aseguran los satisfactores mínimos, el estado general sanitario se ve alterado. El hambre, la incertidumbre en el futuro, el miedo con el que estamos viviendo son una pésima noticia.

La actual pandemia es un evento de tremenda importancia -nacional y global-, no solo en la salud, sino, a mediano y largo plazo, en lo sociopolítico, económico y cultural. ¿Cómo nos afecta? ¿Qué sobrevendrá en la pospandemia? Claramente, golpea nuestra calidad de vida. ¿Nos está «enloqueciendo»? Es difícil, cuando no imposible, determinar con exactitud la cantidad de nuevos «enfermos mentales» que todo esto ha creado, pero sí está dando lugar a una serie de trastornos y a una nueva modalidad de vida que, todo indica, se perpetuará: la desconfianza con el otro. La ansiedad puede haberse disparado, pero sin aseverar que se haya registrado un crecimiento exponencial de suicidios, depresiones, crisis alcohólicas (pues no se dispone de datos ciertos; de violencia intrafamiliar sí hay indicadores de aumento), es evidente la sensación de impotencia, temor e incertidumbre que reina. Un abordaje serio de la pandemia, junto a criterios biomédicos epidemiológicos (absolutamente imprescindibles) debería contemplar también aspectos psicológicos. Pero ello brilla por su ausencia.

¿Qué hacer entonces en este problemático campo de la Salud Mental?

Lo importante, con pandemia o en cualquier momento, es evitar que el abordaje del malestar psíquico se estigmatice, excluya. ¿Cómo abordarlo? La psiquiatrización (manicomio incluido) no es la mejor salida. Tampoco el consumo abusivo de psicofármacos. Una respuesta a través de una política pública de Salud Mental a nivel nacional -en tiempos de pandemia o en cualquier momento- debe impulsar la palabra, combatir la estigmatización y el silencio.

Hoy vivimos una pandemia que nos tiene confinados.

Se la ha sobredimensionado de modo llamativo: una enfermedad que, siendo de temer, pero no especialmente mortífera (con una tasa de letalidad del 4 %), paralizó virtualmente el mundo, y por supuesto también Guatemala. La crisis pone en evidencia la estructura real del país, haciendo patente la infraestructura sanitaria y escasa la inversión en ese campo, sin políticas preventivas. Ahora el miedo manda. La Salud Mental, en este caso, no puede ser «dar buenos consejos para paliar la angustia de la situación»: «sepa manejar su estrés», «no vea noticias sensacionalistas», «practique yoga», «construya ambientes familiares de armonía». Eso es una peligrosa caricatura de lo que debe hacer un trabajador de ese campo.

Salud Mental es dar la palabra a la gente, justamente ahora en que es obligatorio andar con tapabocas. Para hablar de la actual pandemia se debería hablar no solo de la crisis sanitaria, sino de la crisis social, tanto a nivel global como nacional.

Guatemala continúa siendo una sociedad tremendamente problemática, atravesada por sinnúmeros dramas, similares o peores que el COVID-19. Pobreza, violencia, patriarcado, racismo, corrupción, impunidad, manipulación de las grandes mayorías (por medios de comunicación, iglesias, clientelismo político) continúan siendo la constante cotidiana. No se está «enfermo mental» por vivir en esas condiciones, pero esas condiciones no son sanas. La epidemia viene a complicar las cosas.

Nadie se «enloqueció» clínicamente hablando por el encierro (en todo caso, eso puede haber sido un disparador de procesos ya en curso), pero sí se intensificaron situaciones absolutamente insanas: la pobreza, la falta de proyecto, el hambre lisa y llanamente, la violencia hogareña, la desesperanza. Ningún psicólogo ni psiquiatra puede pretender curar eso, porque esos no son problemas «mentales»: son problemas sociales. Eso no se arregla con medicamentos o buenos consejos. Se arregla políticamente.

La Salud Mental no está encerrada en un consultorio y mucho menos en el manicomio: está en la palabra que permite conocerse a sí mismo. Eso se puede dar en cualquier lado, en las calles, en las plazas públicas, en la comunidad toda.

Si hablamos de «prevención» en este difuso y resbaladizo campo de lo psicológico, de lo «mental», no pueden utilizarse similares criterios que en Medicina. En lo psi no se puede prevenir que aparezca la ansiedad, un ritual obsesivo, un delirio paranoico, una persona tóxico-dependiente, un suicidio: pero sí se puede prevenir que todo ello quede encapsulado en la aberrante noción de «locura», estigmatizándola y, llegado el caso, mandándola al loquero. Hoy, el 90 % del presupuesto del Departamento de Salud Mental del Ministerio de Salud está destinado al Hospital Psiquiátrico. ¿Qué tal si, mejor, empezamos a hablar de los problemas en la comunidad? Es la única prevención posible.

No hay recetas específicas para paliar la crisis en términos de intervención en Salud Mental. Se debería promover la información veraz, no tendenciosa. Justamente todo eso es lo que menos se da.

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Marcelo Colussi es Psicólogo y Lic. en Filosofía. De origen argentino, hace más de 20 años que radica en Guatemala. Docente universitario, psicoanalista, analista político y escritor.  Correo: mmcolussi@gmail.com
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