Pequeñas profesionales

Prostitucion

Pequeñas profesionales

 Las chiquillas no tienen muñecas ni juguete alguno. Sus sueños no tienen nada que ver con princesas ni angelitos…

 Por: José Eduardo Zarco (Q.E.D.P.)

 

La primera y única vez que vi a una niña prostituta pasé deprimido, impactado, frustrado, asustado e indignado no sé cuánto tiempo. Fueron días, si no semanas. El encuentro fue dilapidario y hasta la fecha el recuerdo me asusta y me duele. Yo tenía unos 34 años de edad, tenía una hija de seis y sobrinas e hijas de amigos de la edad de las pequeñas comerciantes del sexo. Aquellas nenitas que pude ver trabajando en un prostíbulo tendrían unos doce o trece añitos.

 

Me había reunido con Bruce Harris, de la Casa Alianza en la capital de Guatemala, a las seis de la tarde de un día entre semana, en la terminal de autobuses de la zona 4. El me había dicho que me quería enseñar algo que me impactaría. Yo ya me imaginaba que se trataba de algo relacionado con los niños de la calle e iba preparado para ver algo bastante triste. Pero el cuadro dantesco con el que me encontré fue espeluznante e inesperado. Nunca habría estado capacitado para ver algo así.

 

La escena la tengo grabada en la mente y forma parte de los recuerdos que hubiera preferido no tener. Sin embargo allí está, es una realidad y tengo y tenemos, quienes vivimos en el mundo real, que enfrentarla y aceptarla para poder empezar a cambiarla.

 

Estoy seguro que en gran parte la suerte de muchas de esas pequeñas que aún se encuentran recluidas en burdeles vendiendo sus cuerpecitos, es debido a que queremos cerrar los ojos a ese hecho que continúa siendo más y más común en nuestro país.

 

Verlas sin sentir un desgarro en el corazón es difícil para una persona normal. Hay sátiros y enfermas que se excitan y les pagan por sus servicios. Hay canallas que se aprovechan de su debilidad y ni siquiera les dan las gracias. Están allí (al menos las que yo pude ver) pintadas de mujeres mayores aunque parecen payasas miserables, con minifaldas de señoras o patojas adolescentes, con tacones altos de plataforma, con medias rotas y con expresión de desvelo, dolor y odio. Son la mejor descripción de una maldición.

 

Hoy día la prostitución infantil sigue acabando con la vida de muchas niñas de Tecún Umán, Coatepeque, Guatemala y Quetzaltenango, entre otras ciudades y poblados.

Mientras sigamos cerrando los ojos a este golpe de nuestra sociedad, continuaremos siendo corresponsables por esas caritas pintadas y esos cuerpos abusados, manoseados y ultrajados por cafres.

Están allí (al menos las que yo pude ver) pintadas de mujeres mayores aunque parecen payasas miserables, con minifaldas de señoras o patojas adolescentes, con tacones altos de plataforma, con medias rotas y con expresión de desvelo, dolor y odio. Son la mejor descripción de una maldición…

 

(Columna: PENSAMIENTO PRIMITIVO, publicada en el Diario el Quezalteco el Martes 2 de julio de 2,002 un homenaje al pensador y al amigo)

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