La política ha sido el centro de la controversia social y por eso la historia está llena de ejemplos de maldad, corrupción y latrocinio, sin embargo, también hay buenas ideas, políticos honestos y obras admirables… ¿Cómo estamos en Guatemala?

Por Alan Mackenzie / Redacción C4

Hace algún tiempo llegó a mis manos un artículo del escritor español Ramón Cacabelos, en el cual hace una profunda reflexión sobre la realidad española. Siendo los vicios humanos tan parecidos en todas las partes del mundo, me pareció apropiado adaptar esta pieza de análisis político a la realidad chapina.

Para el autor, en la política y el gobierno abundan:  “La corrupción, el descrédito, la mediocridad, la farsa continua, la escenografía de la confrontación, el maniqueísmo interesado, la judicialización de la vida pública, la falta de compromiso, la indolencia ante las necesidades de la población, la infestación mediática, la incapacidad para generar crecimiento y prosperidad, la pleitesía al poder oculto del dinero o el esperpento ideológico de los extremos” y señala que estos:  “son elementos suficientes para que una sociedad informada interiorice el desencanto y surjan los apáticos convencidos, los antisistema, los indignados, los oportunistas, los especuladores, los voyeristas políticos, los opinadores a sueldo y los redentores de la patria, todos carentes de atractivo para la sociedad civil” .

Después del despertar democrático del 15 de abril, vemos en Guatemala a una generación ansiosa de libertad, sedienta de participación en la vida pública, y a la cual le cuesta trabajo creer que aquello que perseguíamos, bajo el velo de una democracia incipiente, pudiera ser mentira.

Tres décadas después del inicio de la vida democrática en Guatemala, me asalta la misma incertidumbre que hoy pulula en la mente de muchos ciudadanos. ¿Será que Guatemala puede mejorar? ¿Será que la democracia es el mejor camino? ¿Estamos en el sendero correcto?

El descontento en política no es nuevo; quizá haya sido un motor evolutivo en los avatares de la historia; un acicate para el cambio social, que se agudiza en momentos de crisis. Pensadores y políticos de oficio nos han dejado guindas embalsamadas que acreditan la mala reputación de la casta dirigente.

Sir Winston Churchill decía que: “un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable”.

Para Noel Clarasó: “la política es el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres, con el fin de proteger a los unos de los otros”.

El propio Nikita Kruschev afirmaba que: “los políticos son todos iguales; prometen construir puentes, incluso donde no hay ríos”.

En la misma dirección apuntaba Gustave Le Bon: “Uno de los hábitos más peligrosos de los políticos mediocres es prometer lo que saben que no pueden cumplir”.

El gran Montesquieu, tenía claro que: “la corrupción raras veces comienza por el pueblo”.

Napoleón solía decir en sus círculos más próximos que: “la política es un lupanar en el que las putas son bastante feas”.

William M. Ramsay aconsejaba: “vota a quien menos te prometa; será quien menos te decepcione”.

El sesudo Bertrand Russell llegó a decir que: “los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible; los políticos, por hacer lo posible imposible”.

Al extremista Friedrich Nietzsche no le sonrojó decir que: “la política es un trabajo para cerebros mediocres”.

Y el sarcástico George Bernard Shaw nos dejó la ironía de que: “no es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen al poder”.

Por lo tanto, el hastío y la decepción vienen de lejos. Esta podredumbre es añeja, como la sentencia cáustica de Jean-Lucien Arreat: “Si en la república de las plantas existiera el sufragio universal, las ortigas desterrarían a las rosas y a los lirios”.

Decía Dwight W. Morrow que: “Si un partido político se atribuye el mérito de la lluvia, no debe extrañarse de que sus adversarios lo hagan culpable de la sequía”.

Alexander Pope afirmaba que: “un partido es la locura de muchos en beneficio de unos pocos”.

Todavía quedan ingenuos que, en el silencio de la noche, en una conversación fraternal, en el secreto de una oración o en el mensaje a un hijo, piensan que detrás de un político, es posible la existencia de un hombre honrado, aunque al segundo convengan con Max Weber que: “quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan a todo poder”.

Nota: Estas reflexiones fueron escritas por el analista español Ramón Cacabelos, por sus conceptos enmarcados en la realidad española, Revista C4, los ha editado trasladando sus analogías a nuestra realidad.Publicación original de la revista digital Gen-T (www.http://gen-t.es/)