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Es urgente alcanzar un equilibrio entre mercado y solidaridad y hacer de nuevo compatible el capitalismo con la democracia.

“Cuando nos aprendíamos las respuestas…, nos cambiaron las preguntas” A continuación presentamos algunas reflexiones respecto del papel del multilateralismo hemisférico y los problemas que aquejan a nuestros países. 

Por Víctor Hugo Godoy / Edición Revista C4

Hace más de una década sucumbió el socialismo real como paradigma para alcanzar el progreso y el bienestar de los seres humanos, desactivándose con ello también el período de la guerra fría, desactualizando conceptos e instituciones que en ese contexto se habían creado.  América Latina recién salía de las dictaduras militares y retomaba el sendero de la democracia y en el Caribe, emergían con identidad propia y enriquecedora nuevos Estados.  Paralelo a estos hechos políticos se vino consolidando el fenómeno que llamamos globalización, que aunque multifacético, su énfasis en la preeminencia de la internacionalización de capitales, ha tenido incidencias marcadas en el paradigma del Estado Social de Derecho, en el quehacer político y por supuesto en el ámbito social. Parecía una situación como la que consigna el escritor Jorge Castañeda en una sus obras: “cuando nos aprendíamos las respuestas…, nos cambiaron las preguntas”[1]

En este escenario la OEA ha venido tratando de abordar estos nuevos temas, que más creo nuevos nombres para viejos problemas, pero lo ha hecho tímida y lentamente, corriendo el riesgo de verse rebasada por los acontecimientos. Esto debido en parte porque la magnitud de los cambios requería un compás de espera hasta ver resultados y el otro porque las instituciones cambian mucho después que se suceden los hechos.

Sin embargo, considero que a la diplomacia hemisférica, en pleno inicio del Siglo XXI, los desafíos que se le presentan como prioritarios tienen que ver, por un lado con la unipolaridad mundial y el modelo globalizador que se nos impone, y por la otra, con la fragilidad democrática en no pocos estados del continente.

La OEA puede jugar un papel crucial en la moderación de la unipolaridad para alcanzar un equilibrio entre mercado y solidaridad y hacer de nuevo compatible el capitalismo con la democracia. Con el libre comercio deben ganar las sociedades de todos nuestros países y no sólo las élites, nuevas o tradicionales. Los intereses cortoplacistas de ganancia de las transnacionales o corporaciones financieras no pueden anteponerse a los intereses permanentes de superación de nuestros pueblos.  Tarde o temprano los Estados deberán desempeñar de nuevo un papel regulador, pero más vale que sea a tiempo y no después de una catástrofe mundial.

El multilateralismo no debe renunciar a que haya un crecimiento económico con equidad para alcanzar el bienestar de nuestros pueblos y no sólo que lo haya para reducir la pobreza, pues está meta es coyuntural y no puede ser de largo aliento.

Aunque al hablar de estos temas, lejos estoy de pretender un retorno al pasado, el presente que estamos observando no nos augura el mejor de los futuros, por lo que debemos ser creativos y no aceptar lo que Fukuyama nos anunció como el fin de la historia.

¿Cómo jugar este papel respecto a moderar la unipolaridad?

Debe abrirse un debate sobre el rol de la OEA, de manera que no suframos la unipolaridad sino para que la aprovechemos. Debemos buscar que el Estado hermano que ejerce la hegemonía mundial, se distancie de la unipolaridad globalizante en los aspectos fundamentales para la democracia, el desarrollo y el bienestar de los seres humanos.

La integración comercial no subsistirá con socios miserables. 

El mundo es inviable si los países desarrollados son los que venden y en los subdesarrollados sociedades empobrecidas no podemos comprar. Los que hoy nacen en el sur serán habitantes futuros del norte, porque en el sur no se puede sobrevivir. Y aquí no me refiero sólo a nuestro continente. No pueden construir una “cortina tropical” ni someter a controles policíacos a las poblaciones, sin socavar y destruir los avances de la humanidad en materia de libertades civiles y políticas.  Esa es una realidad que también nos ayudará a moderar la unipolaridad.

 Por supuesto que también tenemos que fortalecer nuestras democracias a lo interno para tener posiciones sólidas hacia lo externo.

La democracia occidental ha irrumpido, como modelo para lograr la realización del ser humano y de la sociedad, sin embargo, en nuestra América muchas de las democracias que advinieron en los años finales del Siglo XX, no fueron las mismas que surgieron a la mitad de esa centuria y que fueron producto de movimientos nacionales que abogaban por justicia social y por independencia económica. Muchas de nuestras democracias actuales son democracias de “baja intensidad”. 

El margen de maniobra entre requisitos de competitividad, ventajas comparativas y estipulaciones del Fondo Monetario Internacional, es mínimo y genera ingobernabilidad, las más de las veces.  Los partidos políticos ante este panorama solo venden modelos de gestión, perdiendo sus anteriores identidades ideológicas y la adscripción de sus simpatizantes. El vacío en la arena política lo llenan los medios de comunicación que ahora son los que construyen las agendas nacionales. Pero cuidado con esto, porque los medios no hacen intermediación política y en muchos casos, como diría Umberto Eco, ya no estamos ante dictaduras políticas sino ante dictaduras mediáticas.

Tenemos que renovar y reforzar los partidos y recuperar la dignidad de la actividad política, como el espacio de articulación de la sociedad.  Tenemos que lograr que los partidos políticos sean capaces de incorporar las demandas de nuestras poblaciones, tenemos que hacer que sean capaces de incorporar a los nuevos actores sociales.

En torno a la democracia, quiero que reflexionemos con el gran maestro recientemente fallecido Norberto Bobbio, quien decía: “Me interesa hacer resaltar que liberalismo y democracia, que desde hace un siglo hasta hoy fueron considerados siempre, la segunda, como la consecuencia natural del primero, muestran ya no ser del todo compatibles, toda vez que la democracia fue llevada a las extremas consecuencias de la democracia de masas, o mejor dicho de los partidos de masas, cuyo producto es el Estado benefactor.  Si los límites dentro de los cuales la doctrina liberal consideraba que se debería restringir el Estado fueron superados, es difícil negar que ello sucedió debido al impulso de la participación popular provocada por el sufragio universal. 

Se ha dicho muchas veces que la política keynesiana fue un intento de salvar al capitalismo sin salir de la democracia, en contra de las dos soluciones opuestas existentes: la de abatir el capitalismo sacrificando la democracia (práctica leninista) y la de abatir la democracia para salvar el capitalismo (fascismo). Ahora se diría que para los liberales de nuevo cuño el problema es al contrario, es decir, el de salvar, si todavía es posible y por aquello que es todavía posible, a la democracia sin salir del capitalismo.  En la crisis de los años treinta parecía que fuese el capitalismo el que ponía en crisis a la democracia, hoy les parece a estos nuevos liberales que la democracia es la que pone en crisis al capitalismo”.[2]  Creo en la democracia y en un capitalismo más humano.

Extracto de la declaración de despedida del embajador de Guatemala ante la OEA,Víctor Hugo Godoy. (18 / 02 / 04)

El vacío en la arena política lo llenan los medios de comunicación que ahora son los que construyen las agendas nacionales. Pero cuidado con esto, porque los medios no hacen intermediación política y en muchos casos, como diría Umberto Eco, ya no estamos ante dictaduras políticas sino ante dictaduras mediáticas.

Tenemos que renovar y reforzar los partidos y recuperar la dignidad de la actividad política, como el espacio de articulación de la sociedad.  Tenemos que lograr que los partidos políticos sean capaces de incorporar las demandas de nuestras poblaciones.

Víctor Hugo Godoy, nació en Guatemala en el año de 1948,  posee estudios de Derechos humanos, Sociología y Ciencia Política. Se ha desempeñado como: Diputado Constituyente y legislativo, Ministro de Trabajo, Embajador ante OEA y Presidente de COPREDEH

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