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Elecciones sin pena ni gloria

Estamos a un paso de la primera vuelta electoral y todo el proceso tiene más de circo patético (esos circos pobres que visitan los pueblos, con animales famélicos y payasos tristes) que de “fiesta democrática”. ¿Quién tendría la osadía hoy de decir que estamos viviendo en pleno el “jolgorio de la democracia”, el “fervor cívico”? Estaría loco quien así opinara. Todo este proceso electoral está transcurriendo sin pena ni gloria. La población votante, casi resignadamente podría decirse, asistirá a las urnas. Pero la desazón y el descrédito son las notas principales.

Marcelo Colussi / mmcolussi@gmail.com,

Estas democracias formales evidentemente no solucionan nada. Ya llevamos más de tres décadas desde el retorno de la institucionalidad democrática, y los grandes problemas nacionales siguen exactamente igual: 60% de la población bajo la línea de pobreza, exclusión social, 20% de analfabetismo, carencia en los servicios básicos, violencia delincuencial que no cesa, racismo, machismo insolente a la orden del día, impunidad, corrupción, migración irregular como salida para grandes sectores, desesperanza generalizada. ¿Qué solucionaron diez presidentes que han pasado desde 1986 a la fecha? No hay guerra, lo cual es muy importante. Pero se vive un clima de virtual guerra en cada rincón del país, mientras que las causas que encendieron aquel enfrentamiento armado hacia mediados del siglo pasado siguen inalterables. ¿Se puede creer en esta democracia?

Hay algo muy importante a señalar, sin embargo. En anteriores procesos electorales había algo, o bastante, de esperanza. No pasa lo mismo ahora. No sería improbable que los votos blanco y nulo obtengan un considerable porcentaje.

Para la elección anterior, en el 2015, se salía de una situación muy distinta a la actual: había habido una serie de movilizaciones populares que ponían el acento en la lucha contra la corrupción. Todo indica que eso obedecía a una muy bien pergeñada estrategia de la Casa Blanca para cambiar un poco la cara de los países del llamado Triángulo Norte de Centroamérica: Honduras, El Salvador y Guatemala, a la espera del presunto Plan para la Prosperidad, supuestamente para frenar las migraciones. Con la administración demócrata de Barack Obama, y el embajador Todd Robinson en estas tierras, el proyecto consistió en abrir una serie de medidas relativamente fuertes para desactivar grupos mafiosos. Ello dio como resultado la desarticulación de una banda delincuencial que se había apoderado del Estado, capitaneada por el entonces presidente Otto Pérez Molina.

La jugada política tuvo efecto, pues una buena cantidad de funcionarios públicos fueron detenidos (La Línea 1, como se le llamó). Empresarios fuertes (los verdaderos dueños y mandamases del país, lo que podríamos llamar La Línea 2) no fueron tocados. Cayeron presos una serie de políticos y militares ligados a estructuras criminales (contrabando, narcotráfico, cooptación del Estado), jugando la CICIG y el Ministerio Público un papel clave en todo ello.

El calor popular que se había generado para ese entonces era de rechazo absoluto de la corrupción. Allí apareció la figura de Jimmy Morales, quien en una nueva presentación actoral, tal como es su profesión, se “disfrazó” de candidato honesto (“no robo ni miento”). La experiencia demostró todo lo contrario.

El grupo que apuntaló a quien, quizá para sorpresa de todos, ganó las elecciones (un outsider, como se dijo), estaba ligado a lo más corrupto de la clase política, militar y empresarial. Ese grupo fue el que gobernó durante estos años. Y con el cambio de gobierno en Estados Unidos, llegando el republicano Donald Trump, cabildeó para lograr quitar a la CICIG y terminar con esa cruzada anticorrupción que se había abierto. En definitiva: el llamado Pacto de Corruptos se salió con la suya, y Washington dio su consentimiento.

Ahora, para esta primera ronda electoral, ese Pacto no tiene un candidato cantado. Pero no sería de extrañar que la increíble proliferación de dizque partidos políticos sirva finalmente para distraer/confundir, y la estrategia de esos sectores oscuros consista en “poner” finalmente su candidato, asegurándose una vez más la impunidad. Nada ha cambiado en la forma de hacer política, y nada, en absoluto, preanuncia la posibilidad de un cambio.

Incluso la izquierda electoral, salvo con excepción del Movimiento para la Liberación de los Pueblos –MLP– prosigue los mismos patrones de la politiquería mafiosa, llena de trampas y protagonismos personales. El MLP se salva de eso, dada su composición popular de base, campesina en lo fundamental. Pero, por cierto, es impensable que pueda ganar las elecciones, porque representa una afrenta al Pacto de corruptos y al statu quo (por eso le siguen matando su gente, dejando todo en el olvido más impune).

Eso que se dio en llamar Pacto de Corruptos (algunos empresarios, clase política, ex militares), ha ido copando los diversos espacios de la estructura estatal. Se guardan bien sus negocios –muchas veces no muy santos– y se aseguran la impunidad. Las elecciones son un mecanismo que sirve para legitimar (con voto popular) esa arquitectura de negocios y de poder. La fauna política (alrededor de 20,000 aspirantes a cargos de elección popular para presidente y vice, diputados, alcaldes y concejales) que se presenta para estas elecciones es verdaderamente de antología: hay personas ligadas a la narcoactividad, al crimen organizado, gente con cuentas pendiente con la justicia, con acusaciones de violencia intrafamiliar, de acoso sexual, mentirosos de todos los calibres, traficantes de influencias, tránsfugas de partidos políticos, gente sin principios ni escrúpulos, falta completa de propuestas técnicas, improvisación, mediocridad. Eso es lo que hay, y algunos de esos serán los ungidos para los cargos de elección popular.

Ahora bien: no olvidar que esos candidatos son una expresión del pueblo, de lo que es efectivamente la sociedad. La impunidad y la corrupción jamás deben perderse de vista que están atravesando toda la sociedad, es histórica. Es “normal”, llegó a decir el actual presidente: evadir impuestos, pagar un salario básico que apenas cubre la tercera parte de la canasta básica (y se paga solo a un 50% de trabajadores urbanos y apenas a un 10% de trabajadores rurales), no pagar la cuota del Seguro Social de los empleados, son tan deleznables como el diputado que se roba un vuelto o que manda a quemar un archivo que lo compromete. La corrupción atraviesa la sociedad desde la colonia: si “los de arriba” lo hacen, ¿por qué “los de abajo” no lo repetirían? Por eso el varón divorciado no pasa la cuota familiar, o “la mordida” es una institución aceptada pasivamente por todos.

La cuestión central no estriba en esa corrupción/transgresión omnipresente: está en la forma en que se reparte la riqueza nacional. Y, por lo visto, ningún candidato habla siquiera de esto. A lo sumo, las tristes campañas que se están viendo no pasan de invocaciones vacías donde, con suerte, se menciona la corrupción. ¿Qué esperar entonces?

Ese pacto mafioso que se muestra ganador, que logró sacarse de encima la CICIG, que pudo detener la candidatura de Thelma Aldana (un referente en la lucha anticorrupción cuando fue Fiscal General, lo cual le sirvió como energía para intentar presentarse como presidenciable), que maneja cortes y diversas instituciones nacionales, que tiene como objetivo seguir enquistándose con sus negocios en lo hondo de las estructuras estatales, no posee un candidato representativo para estas elecciones. De ahí que se hace difícil establecer un pronóstico de qué podrá pasar en la primera ronda el próximo 16 de junio. Pero todo indica que se seguirá saliendo con la suya. ¿Habrá negociado todo eso ya con la candidata de la UNE, Sandra Torres? ¿Le dará el golpe de gracia a esta veterana política para salir con un nuevo outsider? ¿Giammattei quizá? ¿Roberto Arzú?

El rompecabezas abre muchos interrogantes. Lo que queda en claro es que la población de a pie, esas grandes masas que irán a poner su voto y que siguen sufriendo las penurias cotidianas que no cambian, sigue siendo el convidado de piedra en todo esto.

Hay algo muy importante a señalar, sin embargo. En anteriores procesos electorales había algo, o bastante, de esperanza. No pasa lo mismo ahora. No sería improbable que los votos blanco y nulo obtengan un considerable porcentaje.

La cuestión central no estriba en esa corrupción/transgresión omnipresente: está en la forma en que se reparte la riqueza nacional. Y, por lo visto, ningún candidato habla siquiera de esto.

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