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EL ESPEJO: A mi, los radicales me dan miedo. 

Un radical es capaz de cualquier cosa.  Con un radical no se puede entrar en razón, pues su radicalismo lo impide.  Un radical es alguien cuya actitud extrema e intransigente no admite posiciones distintas -aunque sea levemente- a las suyas. 

Por Alejandro Palmieri

En el ámbito político, un radical es aquel que cree que solo mediante cambios drásticos -y casi siempre de forma autoritaria- se pueden modificar las estructuras políticas y sociales a las cuales le endilga los males del país. Hay muchas y más profundas definiciones para un radical, pero con las que le he dado creo que nos entendemos. Un radical es además, alguien impredecible y en el quehacer político y para la economía, la “predictibilidad” es indispensable para la planificación a mediano y largo plazo.  Léase: con un radical no puede haber un sostenido crecimiento económico.

Todos conocemos a radicales, ya sea en nuestro trabajo, familia, amigos o incluso en la iglesia -si es que usted va a alguna- que de pronto nos sale con cada cosa que nos deja fríos.  En la blogosfera y la tuitosfera, los radicales están a la orden del día, más cuando se acerca a pasos agigantados la contienda electoral.  Pero dejando a un lado los radicales cotidianos, o los radicales -fanáticos- de equipos de fútbol español que cuando pierde su equipo rápidamente salen al ataque del vencedor y recuerdan viejas victorias de su equipo, como si eso fuese a cambiar el estrepitoso resultado que acaban de sufrir.  A esos basta con desoírlos y alejarse de ellos para no sufrirles.  A los que tenemos que prestarles atención y no quitarles el ojo son a los radicales en lo político.  Esos son los que más temprano que tarde nos paran jodiendo. A todos, incluyendo a los que alguna vez les aplaudieron.

Recientemente, los brasileños eligieron a Jair Bolsonaro como su próximo presidente.  A mi todavía me resulta incomprensible cómo un pueblo puede dejarse llevar por propuestas radicales, extremas y evidentemente populistas en pleno siglo 21. Sin ir muy lejos en la historia, los ejemplos de Alemania post primera guerra mundial, Venezuela luego del intento de golpe a Carlos Andrés Pérez -y de los gobiernos interinos que le sucedieron- y por supuesto las sucesivas presidencias de Ortega en Nicaragua cuyos antecedentes son dignos de una disección mucho más elaborada.  Lo que tienen en mi opinión esos tres ejemplos es que, luego de un período de humillación nacional; los alemanes se sintieron así luego del Tratado de Versalles, los venezolanos ya no aguantaban la corrupción y la impunidad rampantes de sus gobernantes y los nicaragüenses un poco más de lo mismo, surgen líderes carismáticos que prometen tener la solución a los problemas nacionales y que actuarán con firmeza.  Los rotundos fracasos, efectos y resultados de todos ellos no es necesario recordarlos.  Sin embargo, los pueblos que les eligieron actuaron desde la desesperación, dispuestos a jugársela porque la situación imperante era insostenible.  Hago una breve pausa acá en lo sucedido en Venezuela, pues algunos me dirán que Chávez en su primera campaña no se mostró como radical, sin embargo, se les olvida que hacía menos de una década él había encabezado un golpe militar contra el régimen -corrupto, pero legalmente establecido- de Pérez.  Encabezar o ser apologista de un golpe -militar o de cualquier otra índole- es el acto más radical que en una democracia puede haber.  Pretender anular la voluntad popular, por más lamentable que ésta haya podido ser, a través de la fuerza, es la quintaesencia del radicalismo.  

El radicalismo, como toda opción populista, es apetecible y hasta cautivadora.  ¿Quien, aquejado por la inoperancia de lo público, no estaría dispuesto a que por la fuerza se erradiquen las supuestas causas de los males?  Suena muy bonito en los discursos, pero la historia, una y otra vez, nos ha demostrado que en la realidad nunca es así.  Lo que ocurre invariablemente es que después del desencanto del radical, viene un radical del lado opuesto.  Mutatis mutandi, Luego de Obama vino Trump.  ¡Solo imaginémonos que, si eso fue así, lo que hubiese venido luego de Hilary!  En fin, dejarse encantar por los cantos de sirena trajo desgracias a los marinos de la mitología; dejarse encantar por los discursos populistas es exactamente lo mismo.  No nos engañemos tampoco, luego de Trump no puede venir nada bueno.  Como si se estuviese jugando ping pong con el destino de los pueblos.  Terrible.

Regresando a Bolsonaro, no me queda la menor duda que es un efecto del rechazo de los brasileños a políticas populistas de izquierda insostenibles, pero también rechazo a la corrupción -comprobada- de quienes dijeron tener en mente los intereses de los más necesitados. Bueno, tal vez si en la mente, pero en los bolsillos se metieron el dinero del Estado.  ¡Ni modo que los dejaran vacíos! (sarcasmo acá y lo aclaro por los faltos de neuronas).  Lula y su vástago político, Rouseeff, luego de todo lo que sufrieron bajo las dictaduras de su país, se esperaría que fuesen un poco más consecuentes, pero resultó que no. Eso es lo que, en mi opinión, desencantó tanto a los brasileños que optaron por una quimioterapia para intentar salir del cáncer de la corrupción.  Espero que se me haga la boca chicharron, pero creo que pronto sentirán los efectos de la quimio. 

Dramático es que los pueblos escojan opciones radicales para tratar de resolver sus males, como si el país se tratara, insisto, de una mesa de pingo pong.  Los problemas sociales rara vez se resuelven como los asuntos científicos: con una fórmula novedosa o con un aparato ingenioso.  Los problemas sociales y políticos no se resuelven con golpes drásticos de timón, pues luego vendrá alguien que querrá corregir igual de drásticamente el rumbo de la nave y así no llegamos a buen puerto.  Si bien es cierto que hay situaciones que merecen atención urgente y que también es cierto que los abusos a lo largo de décadas o cientos de años han creado desigualdades que ahora son dramáticas, pretender que un cambio constitucional o una política tal o cual va a corregir ese centenario desacierto es un embuste. Nada, mucho menos nadie, puede corregir en un período -ni varios, como ha sucedido con Chávez y Ortega- los desaciertos de muchos y sucesivos desafortunados períodos.  Al pobre Hipócrates se le tribuye haber dicho -obviamente para el tratamiento médico de una enfermedad- que los tiempos desesperados requieren medidas desesperadas.  No puedo encontrar mejor ejemplo del daño que puede hacer una frase sacada de contexto. Con franqueza, respóndase usted mismo: ¿cuándo fue la última vez que usted vio a una persona desesperada tomar una medida adecuada?  Ahora imagine a un país entero haciendo lo mismo.  Allí tiene su respuesta. 

El Instituto Mises que publica “The Mises Report” una página de internet a modo de boletín, recientemente ha descrito muy bien la situación que acontece en Brasil (Carta a progresistas) en donde, casi regodeándose, lamentablemente, expone como la culpa de lo que pasa ahora allá es la reacción a lo que hubo antes.  Métanse al link y léanlo.  

El triunfo de Bolsonaro debe preocuparnos a todos y por las razones correctas; muchos medios y analistas internacionales lo han caracterizado como un “dictador en potencia” y si eso es así, acaparará y dejará instalados poderes concentrados que luego otro -su inevitable sucesor- usará también.  Cuando eso suceda, será interesante ver cómo actuarán los del PT (el Partido del Trabajo de Lula) para ver si abjuran de esos poderes o si serán tentados a usarlos para “corregir” los males.  ¡Corre y va de nuevo!

Permitir que el Estado asuma poderes que no le corresponden -de parte de la izquierda, pero también de la derecha- es pegarse un tiro en el pie, solo que a futuro.  Permitir que llegue un radical al poder, aunque usted duerma hoy tranquilo porque es “su radical” es sembrar el viento que cosechará la tormenta. Luego de “su” radical, vendrá el radical de su adversario.  Téngalo por seguro.

Imagine que, para defenderse de algún su enemigo, usted consigue un arma, pero no un arma cualquiera pues esa la podría conseguir también su enemigo; no, usted procura un arma novedosa que su enemigo no tiene.  Hasta allí muy bien.  Usted se siente poderoso y seguro, pues en cualquier ataque de su enemigo usted podrá blandir el arma, usarla y ganarle.  Ahora imagine que su enemigo lo sorprende y le arrebata el arma que usted consiguió precisamente para dañarlo a él.  Ahora él tiene esa arma.  ¿Qué tan seguro se siente usted ahora?  Darles poderes a personas radicales es justamente eso, darle el arma que luego será usada en nuestra contra.  A mi, los radicales me dan miedo; usted debiera temerles también.  A todos. 

El espejo refleja una imagen, solo que al revés;  En política podrían ser casi una ventana al futuro.  En la medida que se plante frente al espejo un radical y que  ostente el poder, luego la imagen -solo que al revés- aparecerá y ostentará el poder su contraparte, su reflejo.



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“Permitirque el Estado asuma poderes que no le corresponden -de parte de laizquierda, pero también de la derecha- es pegarse un tiro en elpie”.



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Alejandro Palmieri, es abogadoy notario graduado de la Universidad Francisco Marroquín, analistapolítico, columnista y asesor en temas de comunicación Escribe conregularidad en:
alejandropalmieri.com

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