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China: ¿Capitalista o comunista?

Socialismo chino y los caminos de la revolución

Hablar de socialismo no es lo más común. El discurso dominante -absolutamente pro libre mercado- lo tacha de “rémora del pasado”, “experimento ya fenecido”, “objeto condenado al museo”. Pero ahí está la República Popular China que, con un muy particular modelo de socialismo propio, ha conseguido logros espectaculares.

Por Marcelo Colussi

Ese “particular modelo” (socialismo de mercado, o socialismo con características chinas) abre preguntas. Para el capitalismo, seguramente; y no solo preguntas, sino preocupaciones, porque un país -de hecho, el más poblado del mundo- gobernado férreamente por un Partido Comunista, está pasando a ser una superpotencia que desafía la supremacía de la hoy principal potencia del libre mercado: Estados Unidos. Lo que lleva a recordar que para la ideología capitalista -la dominante en todo el orbe hoy por hoy- esas reformas introducidas en China con la apertura hacia mecanismos de empresa privada alientan la esperanza que el gigante asiático termine dejando la senda socialista para volverse un país capitalista más. Cosa que, evidentemente, no sucede (las esperanzas de un retorno al camino del libre mercado no se cumplen).

Y para quienes no creen que el socialismo sea un “artefacto de museo”, la experiencia china inaugura un necesario y profundo debate: ¿cómo se construyen las alternativas al capitalismo?

Es mejor ser pobres bajo el socialismo que ricos bajo el capitalismo, había sentenciado Mao Tse Tung durante la Revolución Cultural. Sin dudas, la revolución triunfante de 1949, si bien había comenzado a obtener logros en el campo social, no pudo modificar la situación económica estructural de base. Para 1976, año de la muerte de Mao, China era aún un país muy pobre, atrasado tecnológicamente, con una economía básicamente agraria, y con el 80% de su población bajo la línea de pobreza, sobreviviendo con una precaria economía de mantenimiento (arroz y papa).

En el año 1978 asume la dirección nacional Deng Xia Ping quien, sin renunciar a los principios del socialismo, comenzó a introducir importantes reformas en el ámbito económico: aparición de mecanismos de libre mercado, aparición de empresas privadas extranjeras y acumulación capitalista, con la aparición posterior de una clase empresarial nacional con innumerables multimillonarios. “Ser rico es glorioso”, pudo decir Deng años más tarde. Era proverbial su pragmatismo: No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones. Años después, con el mantenimiento de ese enorme programa de transformaciones económicas, la China cambió profundamente.

Las reformas se han mantenido y profundizado, pero el espíritu socialista no varió.

El Partido Comunista sigue conduciendo el país con, aparentemente, un norte bien claro. De hecho, ya hay trazados planes para el siglo XXII, cosa que, seguramente, solo una cultura milenaria como la china -5,000 años- puede hacer, donde el tiempo se mide en ciclos inconmensurables.

La economía china hoy día está vigorosa como ninguna, y sigue creciendo, no al ritmo vertiginoso de años atrás (10% anual), pero sí igualmente en forma muy abultada (6% interanual). De hecho, hoy los cuatro bancos más grandes del mundo son chinos:

Deng dijo que “la pobreza no es socialismo”. Lo cual lleva a preguntarnos: ¿es la empresa privada el motor del crecimiento económico?

¿Por qué este apoyo a la empresa privada entonces que realiza el Partido Comunista de China? ¿Rechazo del socialismo? Según los ideólogos y autoridades que dirigen el país, no. Por el contrario, es el “camino correcto” que traerá desarrollo y prosperidad para toda la población china, y con su proyecto de Nueva Ruta de la Seda, podrá contribuir a un desarrollo global. ¿Es así?

“Socialismo de mercado”.

¿Hay realmente un “milagro” económico en China? Según como se lo quiera ver: sí y no. No hay dudas que con la incorporación de capitales externos, y tomando tecnologías provenientes del desarrollo capitalista, el país asiático mantuvo -y mantiene todavía- un vertiginoso ritmo de crecimiento económico que nunca se vio en Occidente. La dirección comunista impidió que China fuera solo una “gran maquila”, como suele presentársela (quizá maliciosamente), dejando de ser “ensambladora de mercaderías de mala calidad”, de “juguetitos de segunda”, para ir convirtiéndose en un país altamente industrializado, con tecnologías de punta propias que ya comienzan a sorprender.

El Partido Comunista dirige efectivamente los destinos del país, reservándose las decisiones básicas en el manejo de la economía, exigiendo la real y constatable transferencia tecnológica a los capitales externos que se invierten, y teniendo planes concretos de desarrollo nacional a muy largo plazo.

El costo de este fenomenal salto no es poco: retornó la explotación capitalista más inmisericorde, con condiciones que ya no existen en muchos países.

La gran explotación de sectores campesinos que se reubicaron en los grandes centros industriales de las urbes más desarrolladas, con salarios de hambre y con extenuantes jornadas laborales. rayan la semi-esclavitud.

La cuestión es: ¿cómo se distribuye esa riqueza socialmente producida?

El modelo capitalista -aunque sea dirigido por directivas que políticamente fija el Partido Comunista-, la explotación está presente. Que esa riqueza no sea apropiada enteramente por los inversionistas privados y que el Estado (socialista) se encargue de devolverlo a la población a través de políticas sociales, es otra cosa. Este nuevo modelo de desarrollo (“socialismo a la china”) estimula la aparición de propietarios privados, premiando el “éxito” económico de quienes se transforman en millonarios.

¿Es capitalismo o es socialismo? ¿Un paso atrás para tomar impulso y seguir avanzando? Lo cierto es que el proyecto chino actual, que se comporta como cualquier planteo capitalista, se está extendiendo por el mundo.

La idea de “productores libres asociados”, como dijera Marx, estandarte de esa fase superior de desarrollo que sería el comunismo donde regiría la fórmula “De cada quien, según su capacidad; a cada quien, según su necesidad”, dista aún mucho de la realidad actual. Lo que prima dentro de las relaciones capitalistas no es, precisamente, la solidaridad, la fraternidad. El “sálvese quien pueda” individualista es la matriz dominante.

La experiencia china muestra que el incentivo personal cuenta, y cuenta mucho para la generación de riqueza (¿no era eso lo que buscaba la Perestroika soviética?). ¿Puede ese elemento ser la guía para la construcción de una sociedad nueva? A estar con lo que nos lega la actual República Popular China, estaríamos tentados de responder que sí. Pero, ¿solo el látigo del amo permite elevar la productividad? Lo cual lleva a plantearnos: ¿es posible construir el socialismo en países industrialmente no desarrollados? Lo curioso es que las primeras experiencias socialistas vinieron de las zonas menos industrializadas, con situaciones agrarias cuasi feudales (Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua).

Valga una vez más la cita de Deng Xia Ping: “la pobreza no es socialismo”. ¿Se necesita inexorablemente una gran acumulación de riqueza para construir el socialismo? Si es así, pareciera imprescindible elevar la productividad para ello. ¿Sin el látigo patronal no se puede lograr?

Sigue siendo una agenda pendiente para el socialismo cómo lograr un aumento de la riqueza a partir de economías planificadas. Eso remite a la pregunta de si es posible establecer una moral socialista que funcione autónomamente (hay que trabajar con excelencia porque esa es la ética humana, podría decirse), o se necesita siempre del látigo para hacernos mover.

Otros países socialistas como Cuba, Corea del Norte, o Vietnam, que sufrió también un proceso de involución capitalista, están preguntándose ahora sobre el modelo chino (dirección política de izquierda con introducción de mecanismos capitalistas).

Todo esto no pretende tomar una posición definitiva sobre la experiencia china sino aprender de ella, estudiarla y ampliar el debate, útil en los países que no somos la China. Lo que nos lleva a pensar: ¿qué es entonces el socialismo? ¿No era socialización de los medios de producción y poder popular, democracia de base?  

mmcolussi@gmail.com  /  facebook.com/marcelo.colussi.33

Valga una vez más la cita de Deng Xia Ping: “la pobreza no es socialismo”. ¿Se necesita inexorablemente una gran acumulación de riqueza para construir el socialismo? Si es así, pareciera imprescindible elevar la productividad para ello. ¿Sin el látigo patronal no se puede lograr?

¿Qué tiene la empresa privada que fomenta ese crecimiento, y que el Estado socialista, con economía planificada, no consigue? ¿Habrá que quedarse con la idea que “el ojo del amo engorda el ganado”? ¿Es inexorable esa verdad? Por eso decíamos que el fenómeno de la China debe llevarnos a plantear estas cuestiones básicas de todo el andamiaje conceptual socialista.

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